En 1996 Carlos Castillo Peraza publicó un libro de ensayos bajo el título de Disiento (Plaza y Janés). Desgraciadamente este libro -como casi todos los libros de CCP- ya no se encuentra disponible en librerías. Merece una reimpresión. Se trata de una muestra de la excelente prosa y contundente lógica de uno de los políticos mexicanos que con justicia merece el apelativo de "arquitecto" de la democracia mexicana. Sus artículos le dieron sustento y razón a la transición pactada que nos permitió acceder a la democracia después de más de 70 años de régimen de partido único.
En la librería Gandhi en línea esta disponible, en catálogo, la antología El Porvenir Posible: Obras Selectas, sin embargo, intenté comprar el libro y se me informó que esta agotado. En Amazon cuentan también con la antología y además con la monografía que don Carlos escribió sobre Manuel Gómez Morín. Este es el enlace a Amazon.
Aquí publicamos uno de los capítulos de Disiento con la esperanza de que pronto contemos con una reimpresión.
Nota: la ficha de CCP en Wikipedia esta mal escrita y cuenta con información insuficiente, ojalá alguien con acceso a esta enciclopedia en línea se anime a corregirla y ampliarla, empezando por una relación detallada de sus obras y una foto de este insigne político y escritor.
APS

Por Carlos Castillo Peraza
"Que una sangre impura abreve nuestros surcos", solicita La Marsellesa a los ciudadanos franceses, previamente convocados a tomar las armas y a formar sus batallones para enfrentar a los "feroces soldados" que combaten bajo el "estandarte sangriento de la tiranía".
Se dice que de aquella letra y de aquella música descienden las de los sones patrios de la mayoría de los países de América Latina. Si la conseja es cierta, México no es excepción: de las ocho estrofas a que se redujeron los originales del himno nacional nuestro, en seis aparecen las palabras "sangre" o sus derivados "sangrientos" y "sangrienta". Los términos "guerra", "lid", "contienda" y otros como "cañón", "espada", "metralla", "acero", florecen frase tras frase. No me parece una barbaridad, porque la obra es hija de sus circunstancias históricas, cercanas aún a las luchas de independencia, y porque más vale tener un símbolo colectivo por si al caso hay que volver a vérselas con colonialistas o invasores.
Sin embargo, no me parecería insensato que contáramos con otro himno nacional para tiempos de paz, que fuese el que se entonara en las escuelas y motivara al trabajo, al respeto a la ley, a la generosidad, a la solidaridad, a la construcción de la justicia social, a la libertad, a la fraternidad y a la democracia. Ya sé que Benito Juárez, al pasar por Monterrey en 1864, dispuso que no se le suprimiera ni una palabra ni una nota, y que 10 años antes habían sido expulsadas de su poético territorio las estrofas que aludían a Iturbide y a Santa Anna. Lo pasado, pasado. Quede como está por si las moscas; apréndase para el indeseable caso de conflicto en los términos que nos lo entregaron los últimos que pudieron meterle mano. Reconozco que me emociona escucharlo y entonarlo en circunstancias específicas; que me hace sentir parte de una comunidad de recuerdos y esperanzas, de raíces y de frutos, de lengua y de tradición, de fe y de consanguinidad. La música que le dio Jaime Nunó -quien usó el seudónimo "Dios y Libertad" para competir en el concurso de compositores al que convocó Miguel Lerdo de Tejada- es modelo de marcial orquestación.
Me gustaría, empero, poder experimentar los mismos sentimientos y afectos cantando algo menos belicoso y sangriento, porque si el mejor de los símbolos de nuestra identidad colectiva -ya que nuestra bandera común pierde puntos por cada día que sus colores permanecen como propiedad privada electoral del PRI- es una invitación a la guerra, se vuelve culturalmente muy difícil transitar de la lógica del enfrentamiento y el "todo o nada", a la lógica de la política que es la complementariedad deliberadamente buscada, del diálogo, de los consensos, de los acuerdos. Basta que una parte del todo nacional identifique a otra como "un extraño enemigo" para justificar el desastre político mayor, que es la guerra civil, aunque sea verbal. Ya ha sucedido.