Tengo la costumbre de subrayar los libros que leo y hace algunos días estuve pergeñando mis notas sobre La Conspiración de la Fortuna (2005) [CF], una novela de Héctor Aguilar Camín. Mucho se comentó en su tiempo que el personaje principal de CF, Santos Rodríguez estaba inspirado en algún político famoso. Alguien aventuró que el susodicho era nada menos (y nada más) que Carlos Salinas de Gortari. A mi me quedó la impresión de que Rodríguez era un arquetipo de la vida, obra y desazones de muchos políticos mexicanos de élite.
CF me pareció una obra menor en la narrativa de Aguilar Camín, una novela construida a partir de una colección de frases afortunadas, de epigramas bien logrados, atados a un lienzo dispar y si bien el método es legítimo como cualquier otro, resulta en una narrativa por momentos artificial, forzada. Pese a todo las frases son muy pertinentes para los tiempos políticos que vive el país. Aquí las comparto con ustedes:
Se ha dicho que lo que importa en la política son las emociones subyacentes de una época, la música de la que las ideas son un libreto de inferior calidad. Desde entonces, no puedo sino aceptar la paradoja esencial del arte de la política, a saber, que tratándose de la más seria y noble de las ingenierías, la ingeniería destinada a ordenar las pasiones humanas, no puede ejercerse ni en el más alto de sus momentos sin una dosis de perversidad o de malicia
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La política, vista de cerca, aun la política más alta, es siempre pequeña, mezquina, miope, una riña de vecindario. Solo el tiempo da a los hechos políticos la dignidad distante, el sentido superior que es su justificación y, con suerte, su grandeza. Se ha dicho que al que le gusten las salchichas y las leyes no vaya a ver cómo se hacen.
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Santos pagaba por adelantado precios bajos por pleitos caros.
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El gobierno es un lugar de tráfico. Los gobernantes son los agentes de tránsito que dicen quién pasa. Su trabajo es que pasen los más posibles, pero su habilidad es que todos recuerden, con gratitud, quién les cedió el paso.
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El espíritu radical es inhumano. Es una forma del resentimiento. No quiere saber de debilidades, de imperfecciones. Quiere suprimirlas. No quiere comprender, quiere vengar.
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Difícil o imposible describir un país. No es una cosa clara, es una teoría de nuestros afectos, una ilusión de mapas y orgullos que aprendimos en la escuela. En los tiempos de que hablo, el mío era un estruendo de cambios silenciosos. Estaba partido en dos, o en diez, preguntándose quién era. Había abierto sus puertas a todas las plagas de la modernidad, pero tenía el ombligo viejo, cosido a sus siglos inmóviles. Era todas las cosas que había sido y alguna de las que deseaba ser, indio en sus pérdidas, blanco en sus privilegios, mestizo en sus tristezas, gringo en sus negocios, europeo en sus letras, conquistador en sus sueños, conquistado en sus penas de pueblo llano, resignado de sí. Perseguía su propia sombra confundiéndose con ella. Era futurista en el día y tradicional por las noches, seguía sintiéndose una aldea originaria pero era ya un solo airón de ciudades en marcha llenas de muchachos morenos, callados, perdidos, trasplantados, nómadas. Aparecían estadios, hoteles, autopistas, puertos en las bocanas de los ríos, trampas de cría de peces en los lagos, cadenas de hoteles en antiguas caletas. En las cuencas del golfo quemaban gas toda la noche las plataformas de petróleo. Pirámides prehispánicas eran rescatadas de los bosques con planes de inversión que sellaban el orgullo nacional y daban rentas turísticas. Una ola de sátira en las letras y feísmo en las artes rompía los muros del realismo cómodo, el folclor patrio-sublime que había sido marca de la casa de nuestra república , sabía en todas formas de falsa autoctonía.