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Por Martha Soler Mallet
Con todo el respeto que les tengo a las mujeres que vivieron en la época de las cavernas, no siento que haya mucho que envidiarles. Desollar al mamut, ser arrastrada a la cueva por la cabellera (bueno, eso tal vez), tratar de prender la fogata con dos palitos , recibir la noticia de que un Tiranosaurio Rex se merendó a tu cuarto marido (los primeros 3 fueron víctimas de un Ornitópodo, un Anquilosaurio y un Massospondylus, respectivamente), tener que llevar a los niños al colegio en liana…. No. No fueron tiempos fáciles. Sin embargo, hay algo que ellas disfrutaron que hoy sería un descanso para todas las chicas modernas:
La total y absoluta despreocupación por el vello facial y corporal.
Yo soy de la teoría de que la depilación podría ser utilizada con gran éxito como método de tortura para lograr cualquier confesión, falsa o verdadera. Pero claro, sólo funcionaría en hombres, porque las mujeres nos hemos acostumbrado estoicamente a que nos arranquen de raíz los excesos capilares indeseados y por segundos, las ganas de vivir. Y es que hoy, los vellitos no son considerados bellitos.