Por Luis González de Alba
Segunda parte de diez.
Antes: La visión de los vencidos.
Del libro: LAS MENTIRAS DE MIS MAESTROS
Caricatura de Jis: "Oh no, ¡Ahí Vienen los Españoles a Conquistar México!"
UN RELATO AL REVÉS
Si este país hubiera sido conquistado por los 300 españoles de Cortés, con diez caballos hambreados y unos arcabuces viejos... vergüenza debería darnos andarlo diciendo. La "conquista" fue obra del odio indígena contra la bárbara ferocidad azteca. La caída y destrucción de Tenochtitlan, que celebramos (sic: celebramos) el 13 de agosto, es el resultado de un levantamiento popular multitudinario, el de todas las naciones entre Veracruz y esa ciudad, contra el imperio azteca y su feroz opresión. Con apenas cien años de existencia independiente en 1521, los aztecas habían llevado la humillación de sus pueblos súbditos a extremos de ferocidad que nunca alcanzaron los nazis. La versión escolar según la cual "México fue conquistado por una potencia extranjera" es infantil, ridícula y hace daño, en primer término, a quienes dice defender: los indígenas, pues si 300 españoles hubieran conquistado una ciudad que entonces tenía medio millón de habitantes, en medio de un territorio con una población de 20 millones, realmente habrían sido dioses. Pero 1) México no podía ser conquistado, porque no existía, 2) ni España era otra cosa que un pequeño país -unas 30 veces menor que sus futuras posesiones americanas-, recién liberado de casi mil años de dominación árabe, 3) ni fueron sólo españoles, sino indígenas los miles de guerreros que tomaron Tenochtitlan y la arrasaron con el odio y la furia de los humillados largamente por el régimen de terror azteca.
EL ODIO
El señor de Cempoala le ofrece soldados a Cortés, lo mismo hacen otros señoríos, de forma que, dice Ixtlixóchitl, por donde pasaban los españoles y sus crecientes aliados indígenas "los naturales les recibían con mucha alegría y regocijo sin ninguna guerra ni contraste". ¿Cómo, en escasos cien años de vida independiente, habían logrado los aztecas acumular tal odio entre los pueblos vecinos? Comenzaron entregando costales de orejas a quienes todavía eran sus amos, en señal de sumisión y arrastramiento no pedida. Luego Izcóatl, a quien se puede llamar el primer rey azteca, ordenó quemar la historia y reescribirla. Finalmente, impusieron con saña el más despiadado y lacerante impuesto: el de la sangre.
LA QUEMA DE CÓDICES
Cuando los aztecas lograron independizarse de Azcapotzalco, un siglo antes de la llegada de Cortés, resolvieron que no les gustaba la historia como estaba relatada en los códices de los pueblos que habitaban el valle mucho antes que ellos, pues el pueblo azteca no aparecía en tales relatos o no con la suficiente importancia. Es claro que así ocurriera, porque apenas si eran un pueblo nómada, recién llegado al valle por el año 1300, todavía en la etapa de los cazadores-recolectores, superada por los Olmecas dos mil años antes, por los Mayas y por los constructores de Teotihuacan mil quinientos años antes. Ser cazador-recolector en pleno 1300 de nuestra era, cuando Teotihuacan ya estaba en ruinas, era una ignominia. Así que, como los nuevos ricos que se crean ancestros nobles, los gobernantes aztecas fueron los primeros, 100 años antes que de los españoles, en ordenar la quema de códices porque "dicen puras mentiras". Y reescribieron la historia con ellos en primer plano.
EL CÓDICE MATRITENSE
Ésta es la versión textual de lo afirmado arriba, se encuentra en el Códice Matritense, vol. VII, fol. 192:
Se guardaba su historia. [de los pueblos indígenas]
Pero, pero entonces fue quemada:
cuando reinó Itzcóatl, en México.
Se tomó una resolución,
los señores mexicas dijeron:
no conviene que toda la gente
conozca las pinturas.
Los que están sujetos [el pueblo]
se echarán a perder
y andará torcida la tierra,
porque allí se guarda mucha mentira,
y muchos en ellas han sido tenidos por dioses.
EL IMPUESTO DE SANGRE
Nada nos da una más exacta idea de la naturaleza implacable del poder que ejercían los azteca, como el tributo de sangre que impusieron a Tlaxcala, comenta Laurette Sejourné. Ocurrió así: tras un sitio extenuante, Tlaxcala se rindió, pero "qué tributo podía exigir Tenochtitlán a una ciudad tan pobre? Fue entonces cuando se decretó que se convertiría en un campo de batalla permanente para capturar a hombres destinados a alimentar al Sol", una idea "ingeniosa" de los aztecas. "Es indiscutible que la necesidad cósmica del sacrificio humano constituyó un slogan ideal, porque en su nombre se realizaron las infinitamente numerosas hazañas guerreras que forman su historia y se consolidó su régimen de terror", continúa Sejourné en La Traición a Quetzalcoatl, y concluye: "Parece evidente que los aztecas no actuaban más que con un fin político. Tomar en serio sus ex plicaciones religiosas de la guerra es caer en la trampa de una grosera propagada de Estado".
ENTRADA A TENOCHTITLÁN
Dice Bernal Díaz del Castillo, en el capítulo 88 de la obra que todos le conocemos "Ya que llegábamos cerca de México, a donde estaban otras torrecillas, se apeó el gran Montezuma de las andas, y traíanle del brazo aquellos grandes caciques, debajo de un palio muy riquísimo a maravilla, y el color de plumas verdes con grandes labores de oro, con mucha argentería y perlas y piedras chalchiuis, que colgaban de unas como bordaduras, que hubo mucho que mirar en ello..."
LA DESCRIPCIÓN DE CORTÉS
Hernán Cortés hace, en su primera carta a Carlos V, una descripción de su entrada a Tenochtitlan que los mexicanos deberíamos aprender de memoria. Entra por Iztapalapa y comenta que "tendrá esta ciudad doce o quince mil vecinos", pasa por otras tres ciudades que tendrán, la primera, "tres mil vecinos, y la segunda más de seis mil, y la tercera otros cuatro o cinco mil vecinos, y en todas muy buenos edificios de casas y torres...". Llega finalmente Tenochtitlán, capital del imperio, con medio millón de habitantes, y relata: "Aquí me salieron a ver y a hablar hasta mil hombres principales, ciudadanos de la dicha ciudad, todos vestidos de una manera y hábito, y según su costumbre, bien rico; y llegados a me hablar, cada uno por sí hacía, en llegando a mí, una ceremonia que entre ellos se usa mucho, que ponía cada uno la mano en la tierra y la besaba (no lo inventó pues el Papa); y así estuve esperando casi una hora hasta que cada uno ficiese su ceremonia".