Por José Velasco
vía Cine Panorama
Empiezo con una perogrullada: A Clockwork Orange de Stanley Kubrick, basada en la novela homónima de Anthony Burgess, es una cinta fundamental para el desarrollo de la estética cinematográfica en el último cuarto del siglo XX y los albores del XXI. Y digo fundamental con el propósito de apelar a la raíz fundacional de esta palabra: una obra artística —en la concepción clásica del término— que supo abrevar de una tradición disruptiva (Kafka, Orwell, Nietzsche, por decir unos cuantos), para expurgar en pantalla una estética demarcada por la violencia; ya no a partir del horror incomunicable de la guerra (la imposibilidad de la experiencia y el mutismo de Walter Benjamin), sino ubicada en el anonimato solapado de las ciudades modernas, donde la distribución de la fuerza pública por parte del estado funge como la condición necesaria en pos de la instauración de la paz y el orden social. En otras palabras: la Naranja Mecánica muestra la imparcialidad de los mecanismos gubernamentales, su hipocresía y sus modos brutales de patearnos el trasero, en lo que se pretende una doctrina de restauración moral hacia los ciudadanos.