E u f a u l a . Esa fue la palabra que apareció en el GPS. Cotejé en el mapa y sí, se llamaba Eufaula. Llevaba unas 2 horas surcando Alabama en camino hacia la costa de la Florida. El paisaje de la carretera: verdes fosforescentes, coníferas y plantaciones de cacahuates, de esas que volvieron rico a Jimmy Carter en la vecina Georgia. En el corazón de Dixie. Por una carretera secundaria, de las que nos permiten realmente ver el país, atravesando small towns con idénticos Palacios de la Papa y Catedrales del Pollo Frito y de pronto cruzar uno, dos puentes y un lago manso en ambos lados de la carretera que se convierte en avenida y corta el pueblo en dos. El nombre es tan raro que no solamente se llama así la ciudad sino también el lago y el bulevar.
[De hecho, el nombre del pueblo es producto de una errata. Nada inusual: siempre se ha subestimado la importancia cardinal de la erratas como parteras de la Historia. Así las cosas, habitaban la región tres tribus indias de la "nación Muscogee" y una de ellas, la más amigable (elogiable cualidad que, como sabrán los lectores líneas abajo, les sirvió de muy poco) decía llamarse de esa manera, los "Eufaula", es decir: así fue como los blancos invasores creyeron oír. Como a esos mismos colonos blancos les gustó la fértil área, hasta el paroxismo, con profundo espíritu cristiano decidieron que los indios ya no armonizaban con el paisaje y optaron por "re-ubicarlos" al norte de La Florida.
Entusiastas partidarios de la Confederación, los Eufaulenses (¿o será: Eufauleños?) se destacaron durante la Guerra Civil norteamericana como feroces guerreros: no habían sido en vano los muchos años de práctica y perfeccionamiento en el sublime arte de decapitar indios.]
Una vez que la carretera se convirtió en bulevar, bajé la velocidad para contemplar las casas señoriales que surgieron, en toda su blancura sureña, como instantánea de novela de William Faulkner, a diestra y siniestra, con la naturalidad de un vuelo de pájaro y, al hacer el alto de rigor en una esquina, apareció "ella": una rubia fosforescente, en sus 20 eneros (me resisto a decir: abriles. Ya sabemos que abril es el mes más cruel y además, a mi siempre me ha gustado Enero), en sandalias y shorts de mezclilla, tan cortos pero tan cortos que me vino a la mente la cita de James Bond en Diamonds are Forever: "That's quite a nice little nothing you're almost wearing. I approve.". Se podía palpar la transparencia de su mirada y adivinar su olor a laddy speed stick. Caminaba, lenta, gozosa y rítmica, como si la prisa fuera una invención abominable de sus lejanos compatriotas del Este y ¿qué decir de la soberbia, rosada curvatura de su divino trasero? Pues que me vino a la mente aquel maravilloso poema de Ricardo Castillo, "Las Nalgas", de ese libro único en el panorama de la poesía en lengua española: "El Pobrecito Señor X". No me resisto a citarlo completo:
Las nalgas
La mujer también tiene el trasero dividido en dos.
Pero es indudable que las nalgas de una mujer
son incomparablemente mejores que las de un hombre,
tiene más vida, más alegría, son pura imaginación;
son más importantes que el sol y dios juntos,
son un artículo de primera necesidad que no afecta la
inflación,
un pastel de cumpleaños en tu cumpleaños,
una bendición de la naturaleza,
el origen de la poesía y del escándalo.
... atravesé Eufaula y eso, aquí lo dejo escrito, eso es todo.